El sistema del odio digital: así se produce, se amplifica y se normaliza en internet

El odio en internet no es espontáneo. Tampoco es aislado. Es un sistema.
Un reciente estudio académico permite entender con claridad cómo se construye, se expande y se normaliza el discurso de odio en entornos digitales. Lo que revela no es solo preocupante: es estructural.
El odio en redes sociales sigue patrones definidos. Se produce, en su mayoría, desde cuentas anónimas o pseudónimas que operan con alta frecuencia y repetición temática. La ausencia de consecuencias reales convierte el anonimato en un escudo, facilitando la persistencia de estos discursos.
Pero no basta con producir odio. Para que exista impacto, debe amplificarse.
Aquí entra un factor clave: las cuentas influyentes. Aunque generan menos contenido, su capacidad de alcance es exponencial. El estudio muestra que publicaciones provenientes de perfiles con alta influencia pueden superar el millón de visualizaciones, multiplicando el efecto de mensajes discriminatorios y consolidando narrativas hostiles en el espacio público.
El objetivo del odio tampoco es aleatorio.
Los datos identifican patrones claros de ataque hacia colectivos específicos, entre ellos afrodescendientes, comunidades musulmanas, personas LGTBI+ y latinoamericanos. Las formas de agresión varían, pero comparten una lógica común: deshumanización, ridiculización y construcción de amenazas simbólicas.
El lenguaje juega un rol central. El odio rara vez se presenta como odio explícito. Se disfraza de humor, de opinión o de supuestas “verdades incómodas”. Se simplifica, se fragmenta y se optimiza para viralizarse. En internet, lo emocional circula más rápido que lo verdadero.
Y ahí está el punto crítico.
El odio no se expande por su veracidad, sino por su capacidad de activar emociones. Se refuerza dentro de comunidades, se replica en dinámicas de confrontación y termina generando entornos profundamente polarizados.
Sin embargo, uno de los hallazgos más relevantes no está en quienes producen el odio, sino en quienes lo observan.
Existe conciencia del problema. Pero no acción.
Los usuarios, incluidos futuros profesionales de la comunicación, tienden a retirarse, evitar el conflicto o autocensurarse. En algunos casos, la respuesta existe, pero reproduce el mismo tono agresivo que intenta combatir. La consecuencia es clara: el odio domina el espacio porque quienes podrían disputarlo no lo hacen.
Esto no solo afecta a las víctimas directas. Deteriora el ecosistema completo.
El discurso de odio erosiona el debate público, inhibe la participación y transforma las redes en entornos hostiles donde la confrontación sustituye al diálogo. Lo que está en juego no es solo la convivencia digital, sino la calidad misma del espacio democrático.
El estudio plantea una conclusión contundente: enfrentar este fenómeno requiere mucho más que regulación o moderación. Requiere formación.
Formación crítica, ética y práctica.
La alfabetización mediática emerge como una herramienta clave para que los futuros comunicadores no solo comprendan el problema, sino que intervengan activamente en él. No basta con identificar el odio. Hay que saber responderlo, desmontarlo y sustituirlo.
Porque en internet, el silencio también comunica.
Y muchas veces, refuerza aquello que no se confronta.
Fuente: Bordón, E. I. y Contreras-Pulido, P. (2026). Alfabetización mediática en estudiantes de Periodismo frente al discurso de odio digital. Ámbitos. Revista Internacional de Comunicación, (69), 43–63.
